Juan Camilo se detuvo con una
última exhalación mientras el sonido se perdía lentamente entre las almas de
los presentes. Sus dedos aún irradiaban calor y quemaban todo lo que tocaban.
El solo de guitarra que acaba de tocar era inigualable. Juan Camilo descolgó su
guitarra eléctrica de su hombro y bajó del escenario. Una vez más había
cumplido su cometido, elevar hasta la estratosfera a las 9.800 almas que
abarrotaban las graderías del coliseo. Nadie, desde Mozart, había sido capaz de
hacer tal cosa con un instrumento; componer una sinfonía digna de ser
interpretada por toda una orquestra y elevarla majestuosamente con tan solo una
guitarra, un piano, o un violín. Nadie después de Beethoven, había sido capaz
de hacer danzar una melodía entre miles de colores formados por grandes oleadas
de éxtasis que inundaban los corazones de quienes la oían. Nadie había nacido
con tal don. Nadie había tenido el honor de ser el alumno predilecto de
fantasmas que deambulaban por los lugares más recónditos del universo danzando
en clave de sol y de fa. Nadie nunca antes fue bendecido por Apolo, el Dios de
la música, con tal aptitud para acariciar un instrumento y hacer a su alma
hablar a través de él. Nadie después de
un concierto de dos horas en el que no hubo descanso, se hubiera encerrado en su camerino a seguir
componiendo con su violín para relajar su mente y su espíritu después de tan
magno evento.
Ninguna otra persona en el mundo,
ningún otro artista, había llegado a ser tan reconocido y amado por tantas
personas a lo largo y ancho de todos los cinco continentes. Tal reconocimiento
se debía a que la música de Juan Camilo no discriminaba sexo, edad, raza,
religión, nacionalidad, ni mucho menos gusto musical porque sus melodías, sus
canciones, y sus sinfonías no estaban dirigidas al oído, éstas apuntaban a lo
más profundo de la esencia humana. Llegaban a ese lugar escondido de la
humanidad en donde las diferencias superficiales encontraban su tumba y daban
paso al nacimiento de esa gran red intergaláctica que nos conecta a todos. Juan
Camilo, conocía muy bien este lugar. Al momento de interpretar una simple nota
musical se transportaba hasta allí, se encontraba consigo mismo y con el resto
de la humanidad y veía las mismas necesidades, los mismos deseos, los mismos
anhelos, y los mismos sueños. De este modo, sabía exactamente qué ofrecerle al
mundo; conocía exactamente esa sola cosa que la humanidad necesitaba; una sola
cosa, tan simple, pero compuesta de millones de sinfonías y millones de
canciones con un solo nombre: Amor.
Juan Camilo entendió en ese
momento que toda la esencia de la humanidad se reducía a eso. Decidió componer
una última pieza, una última melodía que lograra hacer ver lo que era
invisible; sentir aquello que era
intangible; oler lo inodoro; hallarle gusto al sinsabor, y escuchar aquello que el silencio gritaba.
Decidió componer la sinfonía final que haría entender a la humanidad el
significado de la vida, la canción que redimiría a la humanidad de sus pecados
y la elevaría al paraíso para hallar el edén perdido… Dejó su violín, tomó una
pluma y acercó el pentagrama para trazar la primera nota musical; pero de
repente el estridente sonido de un claxon lo despertó. Juan Camilo se dio
cuenta que no estaba en ningún camerino, que no acababa de ofrecer ningún concierto.
Simplemente se encontraba en un bus repleto de gente dirigiéndose al centro de
la ciudad con su guitarra eléctrica en su regazo. Su guitarra… una creadora de
sueños que ahora era el único objeto de valor que a Juan Camilo le quedaba por
empeñar para poder pagar sus deudas.

0 comentarios:
Publicar un comentario